La pregunta de Elías

En una pequeña aldea rodeada por montañas, vivía un hombre llamado Elías. Desde niño, había sido conocido por su carácter reservado y su tendencia a perderse en pensamientos que parecían no tener fin. Pasaba horas junto al río, observando el agua correr, preguntándose de dónde venía y hacia dónde iba. A menudo, los demás lo consideraban distraído, pero Elías no buscaba respuestas fuera; su búsqueda era hacia adentro.
Una tarde, mientras el sol teñía el cielo de tonos dorados, Elías conoció a una anciana llamada Amara, una viajera que parecía saber más de él que él mismo. “La paz que buscas no está en las montañas ni en el río,” le dijo ella. “Está en tu interior. Pero hallar esa paz es como buscar en un bosque denso; necesitas una lámpara que ilumine el camino.”
Intrigado, Elías le preguntó cómo encender esa lámpara. Amara sonrió y le habló de tres cosas: el silencio, el reflejo y el acto de caminar con los ojos abiertos.
Primero, le enseñó a sentarse en silencio bajo el gran roble del pueblo. “El silencio es el lenguaje de tu alma,” decía. Al principio, el silencio era ensordecedor, lleno de pensamientos que corrían como el río que tanto observaba. Pero, con el tiempo, Elías comenzó a notar espacios entre sus pensamientos, como claros en un bosque. Allí, en esos momentos de quietud, empezó a escuchar algo más profundo: su propia voz interior.
Luego, Amara le pidió que reflexionara. “Mira tu vida como un espejo. Cada acción, cada palabra, cada emoción, es un reflejo de lo que llevas dentro.” Elías comenzó a escribir en un cuaderno, volviendo a visitar recuerdos, alegrías y heridas. Poco a poco, se dio cuenta de que no era prisionero de sus experiencias, sino el narrador de su historia.
Finalmente, Amara le mostró cómo caminar con los ojos abiertos. “La interioridad no significa aislarse del mundo, sino verlo con nuevos ojos.” Elías comenzó a notar la belleza en lo cotidiano: el canto de los pájaros, el brillo de las estrellas, la bondad en las palabras de los demás.
Con el tiempo, Elías descubrió que la lámpara de la que hablaba Amara no era un objeto, sino una metáfora de la conexión consigo mismo. Aprendió que el viaje hacia la interioridad no es un destino, sino un camino que se recorre día a día, con paciencia, reflexión y gratitud.
Cuando Amara partió de la aldea, Elías sintió tristeza, pero también gratitud. Su búsqueda interior nunca acabaría, y eso estaba bien. Cada paso, cada día, era una oportunidad para descubrirse a sí mismo de nuevo, como el río que nunca deja de fluir.