El sol y la lluvia

El sol y la lluvia

Dicen los ancianos del lugar que la primera vez que la lluvia vio el sol, sus gotas se quedaron paralizadas. El impacto de la belleza de la luz las convirtió en duro granizo que fue a caer sobre las calles y los campos.

La siguiente vez que la lluvia asomó sus gotas volvió a mirar al sol. Se acordaba de la vez anterior y no quería endurecerse, así que miró sólo por el rabillo del ojo. Tanto giró y estiró su vista que las gotas se convirtieron en una densa niebla que descendió con agilidad sobre las montañas.

Aprendiendo con rapidez, la lluvia tomó una determinación:  cuando volviera a ver el sol, lo miraría de frente, pero iría dando saltos y círculos y así no se endurecería ni se convertiría en niebla.

Así lo hizo: saltó y giró con tal fuerza y brío que las ramas de los árboles empezaron a moverse, y hasta la hierba de los pastos se mecía a su ritmo. Sin embargo, el viento, celoso de su competencia, se enfureció, y la lluvia se transformó en una estrepitosa tormenta.

La lluvia empezó a sentir angustia. Quería ver a su amado sol. Le bastaba el recuerdo de la primera vez que lo vio para saber que lo amaba: pero, por más que pensó y pensó, no se le ocurría ninguna idea para poder salir y mirar al sol sin endurecerse, sin convertirse en niebla y sin suscitar la ira del viento.

Así que, triste y abatida, empezó a llorar, desconsolada por su pena. Las gotas empezaron a caer fuertes, constantes, como una música y su ritmo. Fue entonces cuando el Sol, conmovido ante el llanto de la lluvia, se acercó a ella para abrazarla.

Y así es como de ese abrazo surgió un bello arco iris que iluminó su amor.

Y por eso – me dijeron los ancianos del lugar –, cuando vemos un arco iris, nos emocionamos, un calor nos recorre el cuerpo, y las lágrimas quieren salir de nuestros ojos. No sabemos por qué, pero a mí me contaron que es porque vemos el amor del sol y la lluvia.

«Regálame más cuentos» de J.C.Bermejo

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