La luz del grupo

La luz del grupo

En el mes de Mayo, compartí con un grupo internacional una peregrinación a Fátima y luego a Santiago de Compostela.

La mayoría de las personas eran desconocidas para mí hasta ese momento. Con el resto de ellas, en ocasiones anteriores, ya había realizado más viajes.

Allí, con sus padres, viajaba Macarena, a la cual, ante ese evidente potencial, talento y creatividad, le propuse la posibilidad de escribir unas palabras, reflexiones, inspiraciones, comentarios, etc., los cuales si ella quería podía compartir en mi blog acerca del Camino a Santiago de Compostela. Muchas veces, me ocurre, que tras un viaje intenso por una serie de motivos, el hecho de tomar mis anotaciones acerca del mismo, ayuda y permite interiorizar un momento vital, y a tomar perspectiva, una vez ya de vuelta en la jornada y rutina diarias. Y así, le ofrecí a Maca, esta posibilidad.

Le escribí: «…De entrada, te propongo que cuando tú puedas le eches un vistazo a mis páginas de facebook y si te apetece, escribas algo acerca de tu experiencia como Peregrina de la vida para publicar y compartir con otras personas. ¿Te parece?… Seguro que hay más opciones para que puedas aportar tu experiencia, sabiduría, forma de ver las cosas…»

Al cabo de unos días recibí este email: «…Hola soy Maca… Leí tu correo con mucha ilusión. Hoy he madrugado y he sacado tiempo para escribir. Y me levanté con un pensamiento hacia ti, de forma que quise hacer un escrito sobre el viaje en el que nos hemos conocido.

Lo cierto es que en lo que te mando, he dejado que impere más el fondo que la forma. Me refiero a que no sé si tiene excesiva calidad literaria pero así me ha salido y me parecía honesto dejarlo tal cual porque recoge muchas sensaciones de lo que yo viví en el viaje de peregrinación. Por eso he querido ser fiel al texto que escribí y no pulirlo luego en exceso.

Es tuyo, te lo regalo. Quiero decir que puedes coger un trozo, todo o nada. Publicarlo o no. Vaya, que es un regalo y como tal te pertenece.

Por cierto, he titulado el mail La luz del Grupo, porque como tuve ocasión de decirte en persona, tienes un carisma especial, una luz que llega a otras personas. Es por ello que creo que has acertado de pleno con tu profesión (que es también una vocación)…»

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Y así Maca me envió este escrito, el cual por su belleza, profundidad y lo que nos lleva a la introspección a cada uno de nosotros, os comparto. Me ha encantado. Por eso, he decidido, como podéis ver transcribirlo textualmente. De otra forma, únicamente podría irrumpir ante la genialidad y autenticidad de todo un talento como tú lo eres.

Espero os guste y lo disfrutéis tanto como yo.

MUCHAS GRACIAS Maca, de todo Co-Razón!


La vida no es sólo lo que pasa mientras hacemos otros planes

Todo sucedió como suceden las cosas importantes, cuando menos te lo esperas y casi por casualidad.  Era sábado y mi padre jugaba con mi hijo mayor. Entonces, como si nada, levantó los ojos y dijo:

— Nos vamos a peregrinar.  Dice mamá que no vas a querer pero, si te apetece, nos encantaría que vinieras.

Ruido. Eso es lo que suele haber en mi cabeza y eso había en aquel instante. Como un atasco en la M30, pero mental. Todo se me llena de cláxones que dicen palabras: “Niños, trabajo, fechas de entrega, hay que hacer, hay que comprar, cita con el pediatra, calendario de vacunación, entrenar, escribir, niños, cenas, piiii, piiiii”.  Así sigue la lista, el atoramiento, sin piedad, repitiéndose exigente, posesivo, hasta el infinito. ¿Cómo iba a coger una semana de mi escaso tiempo para dejarlo todo e irme a peregrinar? El solo hecho de pensarlo en serio ya era de por sí, un pensamiento ‘peregrino’. Iba a decir que no, claro.

Sin embargo, ya lo dice Machado, <<Caminante no hay camino, sino estelas en la mar>>.  El gusanillo de escapar unos días de todo, junto con el hecho de que mi marido se ofreciera a quedarse con los niños, me motivaron a apuntarme. Voy a  seguir esas estelas, a ver adonde pueden conducirme, me dije.

Huelga decir que el día llegó a traición, oculto entre el caos de lo cotidiano, de modo que me quedé sin margen para arrepentirme de mi decisión.  Opté por dejarme llevar. Di un beso a cada niño y dos a su padre, por bueno y abnegado,  cogí una mochila y, llena de recelos y emociones contradictorias, me subí al autobús.

La primera sensación liberadora  me invadió ya durante el propio trayecto. De pronto, yo no era la adulta de treinta y ocho años, directora de no sé y madre ‘marimandona’ y terca. Súbitamente,  me transformé en una niña de coletas, pecosa, que cantaba a pleno pulmón el repertorio de canciones infantiles  de las excursiones de mi niñez. ¡Qué intemporalidad! ¡Qué magnífico regalo, la de volver a ser niño con la sola preocupación de llegar al destino para jugar! ¡Qué excitación recordada, la hacer una excursión con el colegio!

La sensación de toma de distancia con uno mismo, con mi yo adulto,  se intensificó al cortar voluntariamente el cordón umbilical con la oficina. Al quitar la itinerancia de datos, cesaron de pronto, los zumbidos de las abejas que llegan diariamente en forma de correos electrónicos.  Noté como si yo pesara menos de repente, como si me sintiera más ligera.

Todo en el viaje había sido planificado con esmero. Comíamos a las horas que nos marcaban y lo hacíamos todos juntos, en grupo. En esos ratos, era posiblemente cuando más te acercabas a las otras personas. Cuando sus historias, que de ninguna forma hubieras conocido en otro lugar y en otro contexto, salían a tu encuentro de forma casual, como el que se topa con un vecino desconocido en el ascensor. La mente se abre entonces como una concha antes cerrada, preparada por fin para hacer un hueco a las vidas de otros, que como yo, caminaban ávidos de silencio y de respuestas.

Compartimos el hecho de ser, durante días. Compartimos cada paso y cada almuerzo. Fuimos avanzando en nuestro viaje, con nuestras mochilas y nuestras expectativas a cuestas. Poco a poco, fui llegando a la conclusión de que a lo largo de nuestro camino hacia la edad adulta, vamos llenando de ruidos, de sonidos y ecos, de distracciones cotidianas todos los espacios. El propósito, consciente o inconsciente, es no tener que enfrentar algunos desconsuelos y desasosiegos que se nos enquistan dentro y que, como el reuma, cuando el tiempo es húmedo, se asoman a decirnos que todavía permanecen ahí, necrosados, en algún lugar escondido de nosotros mismos.

Al peregrinar, poco a poco, el sonido se va acallando, con paseos, con reflexiones, con nuestra apertura de miras, con la mirada a los demás y al mundo. Entonces, esa extraña cámara que hace ‘zoom’ casi siempre dentro de nosotros mismos, se asoma al exterior. Cuando todo eso pasa, nos damos cuenta de que tenemos que perdonarnos y dejar marchar esos recuerdos, esos traumas y esas experiencias dolorosas, para seguir caminando hacia delante, avanzando con el resto del grupo. Si no, nos quedaremos atrás, no podremos seguir el camino. Ni disfrutar del paisaje.

Lo cierto es que, peregrinar cuando no se ha peregrinado nunca, es como cualquier otra cosa de la vida que se hace por primera vez. Uno es, quizás, demasiado consciente de uno mismo. Y eso no deja disfrutar del todo la experiencia, al menos al principio. ¿Lo haré bien? ¿Ahora qué es lo que hay que hacer? Hasta que, poco a poco, te sientes más seguro y los ojos se te abren para llenarse de todo. Los ojos del alma, claro. Y comienza esa catarsis que nos limpia y nos sana.

Y bueno, después de todas esas reflexiones y de toda esa experiencia a mis espaldas, la única cosa que puedo decir es que, como cualquier hábito de higiene, la higiene del alma debería practicarse con frecuencia, con  la que cada uno pueda, pero parando de vez en cuando en el viaje de la vida, para saborearla y que al final, digamos orgullosos que ésta no era sólo aquello que pasó mientras hacíamos otros planes.

Para la luz del grupo, mi querida María José.

Macarena Fedriani, Junio de 2017

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